2006/06/27











 








EN EL AIRE
Desde la Isla Flotante.
Francisco Crabiffosse Cuesta. (Historiador y crítico de arte)

Entre las realidades de estos días, no han fallado las imágenes posibles, a fuerza de inimaginables en otros derroteros de ese apesadumbrado fantasma de nadas conjeturales, que en el extremo opuesto de la poética sentida por Lezama va apurando la copa de la infamia, hasta emborracharse con el licor de la locura.
En lógica criolla, atenta a la explotación de los mitos y de la palabra incandescente, prolongada hasta la extenuación en el discurso barroco, todo sueño es esclavitud y conquista. Encadenados a la construcción de una historia que cada vez más se aleja de su tiempo, los cubanos perciben el sueño mesiánico como una pesadilla, que de un modo u otro no sólo abre las aguas, sino que los arroja a ellas, con la única tabla de salvación de su suerte. La espera en la flotación, el no sumergirse, el no ahogarse, convierte la silueta geográfica de la isla, en un gran barco a la deriva con múltiples vías de agua, y miles de brazos en las labores de achique. De ahí los iconos de la frágil lancha y los subterfugios sustentadores, hasta los remos que se agitan en el aire y en la tierra, buscando materia de la que extraer energía para la movilidad, para el avance.
La simplicidad cilíndrica de un utensilio de cocina, se convierte de pronto, en el último truco del mago que endulza la acidez de lo cotidiano, y adereza el hambre de ilusiones. La calle en blanco de protesta, desfile de gladiolos, líneas de azúcar que rompen las banderas, y las consignas contra la fértil gusanera de la que hacen cárcel sin límites. Lo patriótico es siempre independencia, y se hurga en lo emotivo, en los símbolos, en la didáctica de la mentira, para el consejo sobre la afectividad afectiva del café, o la llamada al olvido que maquilla en el azúcar, afán de la sacarocracia, chimenea de ingenio que se alza sobre la planicie siempre fértil y hoy estéril.

 















La realidad del arte cubano es una interrogación desesperada. La vigilia en el retorno no es tanto una herencia política, como una prolongación cultural de la siempre inconclusa independencia, que desde siglos atrás levantó desde el extrañamiento, desde el azar del exilio, las querencias del criollismo y el sueño de lo nacional, como esencia de una identidad en plena efervescencia.

Euliser Polanco se inscribe por derecho vital y creativo en esa corriente, en la que la presencia no se materializa en ese orden de la isla que flota en cada uno de los cubanos, sino que cobra su verdadera razón de ser, su auténtica identidad, desde el sentimiento del paraíso perdido, desde la reconstrucción íntima de esa patria que siempre se ha debatido entre la búsqueda de su auténtica personalidad, a través de los caminos más insospechados y el deseo de romper las huidas forzadas con los retornos justos.
En un exquisito y clarividente texto dedicado a Polanco, otra isleña extrañada como Pepa García Pardo, confirma la tarea del héroe caribeño como una lucha tenaz contra el desarraigo y la condición de extranjero, en esa construcción-destrucción-reconstrucción de la identidad, que se hace mapa en el tapiz de esa Penélope que espera a Ulises.




 

















En la obra de Polanco se hace expreso ese cordón umbilical, ese vínculo con la madre tierra rodeada de agua, en esa elaboración de los símbolos, desde premisas sensoriales plenamente vitales. La materia ayuda en la espera del reencuentro, elaborando un paisaje total en que impregna la piel y la mirada de una uniformidad que ilumina banderas y cuerpos, la miel y la desnudez, la madera en su estructura, y el hilo que teje los nudos de los invisibles. Frente a esa conceptualización colectiva del ser cubano, en una distancia flotante que definía su obra anterior, Euliser Polanco sucumbe ahora ante el acoso del fariseísmo de esa madre patria minúscula, en la que busca la sencilla comprensión que todo exiliado anhela, en el autorretrato, en la autobiografía, como una profundización en esa misma identidad que se transforma en debate cotidiano, desde el paisaje doméstico.
















Paradojas de la condición. Reconocimiento oficial de ciudadano por un estado que obliga a la expatriación, a la diáspora en tierra de nadie. Un reconocimiento cubano que si Juan Pablo Ballester ideologizó, mostrando su propio pasaporte como documento identificativo inexcusable para el viaje, para la segura salida y el hipotético retorno, tiene ahora en Polanco una expresa individualización, en número y en hipócrita petición trilingüe de amparo por parte de la República de Cuba.

La identidad enfrentada sobre la superficie del tapiz tensado, un territorio de tela metáfora de la ambigüedad de lo propio, en el que se enfrenta el rostro y el gesto de la potencia del sentimiento. La mancha, el pecado, es esa disidencia del héroe que carga con la culpa extraña, la maldición del profeta en ese café que tinta los deseos y los gritos. El artista se muestra ciego, sediento, sordo, asombrado, o gritando su condición, enmarcado en líneas de madera y cuerda; y también aquí, comunicación, el medio es el proceso y el mensaje. Euliser Polanco levanta este tapiz como un espejo en el que el héroe ausente va reflejando paulatinas emociones, que son retablo de la condición de ese exilio en el que se carga de una realidad, que día a día el café no logra amortiguar, sino que lo traslada a los aromas del deseo, allí donde es posible preguntarse, si la representación aún necesita de mediadores para ser comprendida en su justa verdad.









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