EN EL AIRE
Desde la Isla Flotante.
Francisco Crabiffosse Cuesta. (Historiador y crítico de arte)
Entre las realidades de estos
días, no han fallado las imágenes posibles, a fuerza de inimaginables en otros
derroteros de ese apesadumbrado fantasma de nadas conjeturales, que en el
extremo opuesto de la poética sentida por Lezama va apurando la copa de la
infamia, hasta emborracharse con el licor de la locura.
En lógica criolla, atenta a la
explotación de los mitos y de la palabra incandescente, prolongada hasta la extenuación
en el discurso barroco, todo sueño es esclavitud y conquista. Encadenados a la construcción
de una historia que cada vez más se aleja de su tiempo, los cubanos perciben el
sueño mesiánico como una pesadilla, que de un modo u otro no sólo abre las
aguas, sino que los arroja a ellas, con la única tabla de salvación de su
suerte. La espera en la flotación, el no sumergirse, el no ahogarse, convierte
la silueta geográfica de la isla, en un gran barco a la deriva con múltiples
vías de agua, y miles de brazos en las labores de achique. De ahí los iconos de
la frágil lancha y los subterfugios sustentadores, hasta los remos que se
agitan en el aire y en la tierra, buscando materia de la que extraer energía
para la movilidad, para el avance.
La simplicidad cilíndrica de un
utensilio de cocina, se convierte de pronto, en el último truco del mago que
endulza la acidez de lo cotidiano, y adereza el hambre de ilusiones. La calle
en blanco de protesta, desfile de gladiolos, líneas de
azúcar que rompen las banderas, y las consignas contra la fértil gusanera de la
que hacen cárcel sin límites. Lo patriótico es siempre independencia, y se
hurga en lo emotivo, en los símbolos, en la didáctica
de la mentira, para el consejo sobre la afectividad afectiva del café, o la llamada
al olvido que maquilla en el azúcar, afán de la sacarocracia, chimenea de
ingenio que se alza sobre la planicie siempre fértil y hoy estéril.
La realidad del arte cubano es una interrogación desesperada. La vigilia en el retorno no es tanto una herencia política, como una prolongación cultural de la siempre inconclusa independencia, que desde siglos atrás levantó desde el extrañamiento, desde el azar del exilio, las querencias del criollismo y el sueño de lo nacional, como esencia de una identidad en plena efervescencia.
Euliser Polanco se inscribe por
derecho vital y creativo en esa corriente, en la que la presencia no se materializa
en ese orden de la isla que flota en cada uno de los cubanos, sino que cobra su
verdadera razón de ser, su auténtica
identidad, desde el sentimiento del paraíso perdido, desde la reconstrucción íntima
de esa patria que siempre se ha debatido entre la búsqueda de su auténtica
personalidad, a través de los caminos más insospechados y el deseo de romper
las huidas forzadas con los retornos justos.
En un exquisito y clarividente
texto dedicado a Polanco, otra isleña extrañada como Pepa García Pardo, confirma
la tarea del héroe caribeño como una lucha tenaz contra el desarraigo y la
condición de extranjero, en esa construcción-destrucción-reconstrucción de la
identidad, que se hace mapa en el tapiz de esa Penélope que espera a Ulises.
En la obra de Polanco se hace
expreso ese cordón umbilical, ese vínculo con la madre tierra rodeada de agua,
en esa elaboración de los símbolos, desde premisas sensoriales plenamente
vitales. La materia ayuda en la espera del reencuentro, elaborando un paisaje
total en que impregna la piel y la mirada de una uniformidad que ilumina
banderas y cuerpos, la miel y la desnudez, la madera en su estructura, y el hilo
que teje los nudos de los invisibles. Frente a esa conceptualización colectiva
del ser cubano, en una distancia flotante que definía su obra anterior, Euliser
Polanco sucumbe ahora ante el acoso del fariseísmo de esa madre patria
minúscula, en la que busca la sencilla comprensión que todo exiliado anhela, en
el autorretrato, en la autobiografía, como una profundización en esa misma
identidad que se transforma en debate cotidiano, desde el paisaje doméstico.
Paradojas de la condición. Reconocimiento oficial de ciudadano por un estado que obliga a la expatriación, a la diáspora en tierra de nadie. Un reconocimiento cubano que si Juan Pablo Ballester ideologizó, mostrando su propio pasaporte como documento identificativo inexcusable para el viaje, para la segura salida y el hipotético retorno, tiene ahora en Polanco una expresa individualización, en número y en hipócrita petición trilingüe de amparo por parte de la República de Cuba.
La identidad enfrentada sobre
la superficie del tapiz tensado, un territorio de tela metáfora de la ambigüedad
de lo propio, en el que se enfrenta el rostro y el gesto de la potencia del
sentimiento. La mancha, el pecado, es esa disidencia del héroe que carga con la
culpa extraña, la maldición del profeta en ese café que tinta los deseos y los
gritos. El artista se muestra ciego, sediento, sordo, asombrado, o gritando su
condición, enmarcado en líneas de madera y cuerda; y también aquí,
comunicación, el medio es el proceso y el mensaje. Euliser Polanco levanta este
tapiz como un espejo en el que el héroe ausente va reflejando paulatinas
emociones, que son retablo de la condición de ese exilio en el que se carga de una
realidad, que día a día el café no logra amortiguar, sino que lo traslada a los
aromas del deseo, allí donde es posible preguntarse, si la representación aún
necesita de mediadores para ser comprendida en su justa verdad.







