2017/10/12

LOS RIZOMAS DEL NOMADISMO.


Jaime Luís Martín. Crítico de arte y escritor.

Cuando se vive en el "paraíso", la ilusión personal e histórica se derrumba, y la homogeneidad se instaura como el discurso de la fascinación, circulando hasta el aburrimiento, artificios que algunos denominan bellos, cualidad decorativa y sin temperatura. Pero Euliser Polanco (Las Tunas, Cuba, 1972), formado en la Escuela Provincial de Artes Plásticas de Las Tunas, y en la Nacional de La Habana, seleccionado en la Muestra de Artes Plásticas del Principado de Asturias del año 2003, viene ralentizando el proceso de asimilación a esta escena, estática e indiferente de las sociedades occidentales mediante una narratividad iconográfica, que remite a la construcción de la identidad.

La descomposición del concepto a favor de la hibridación y el mestizaje, la ascensión de la "globalización" hasta alcanzar categoría de tabú, y la revuelta de la diferencia deconstructiva -entendida como una categoría polivalente y ambigua, discordia activa en movimiento-, señalan los caminos de una crisis radical y la compleja reconstrucción de la singularidad.

Pero Euliser, se aparta de la glaciación de la imagen y legitima la desesperación, mediante autorretratos fotográficos posteriormente transferidos a la tela. En la búsqueda de un espacio propio se trazan líneas nómadas sobre la superficie, y se añaden manchas de café, un lamento nostálgico y  connotativo. No cabe duda de que estas diferenciaciones icónicas enmarcadas por ramas y cuerdas, aluden a la impotencia de un pensamiento deslocalizado, dislocado, la conexión con los residuos de  la memoria y los rizomas del nomadismo. La angustia del rostro que contextualiza el grito como  expresión, materializa también el desarraigo, la mutilación de la palabra, la mismidad del artista.

Los procesos de identificación bien definidos por el número del pasaporte, o por frases alusivas a su condición de ciudadano de la República de Cuba, impresas en una tela a modo de velamen construido con ramas, apuntan a una visión desalojada y al naufragio de la identidad clásica, un viaje trazado actualmente sobre un mapa de lugares difusos, y no-lugares (espacios sin historia y de circulación) que generan una necesaria redefinición, y el aprovechamiento de las nuevas tecnologías, como depositarias de una identidad ubicua y desplazada. 

El proceso previo a la puesta en escena, que Euliser Polanco valora como una parte más de su trabajo, se refleja en un vídeo y en una construcción contenedora de las cortezas de las ramas una vez peladas, un ejercicio reconciliador de lo manual y el territorio, que define el parpadeo contemporáneo, de lo fotográfico y lo videográfico. En este último caso son imágenes de la labor artesanal, un documento de tareas repetitivas, objetuales y técnicas, realizado sin artificiosidad ni alegorías, que explora la seducción de los materiales y la vivencia doméstica de la creación.

Desterrado un cierto barroquismo que caracterizó su obra anterior, definido un espacio de coexistencia entre lo disperso, lo simbólico y lo diverso, afronta con la sabiduría de los expatriados, y la empatía de los desgarrados, la búsqueda de su lugar, reconociendo que el pensamiento siempre se encuentra en tránsito, en las hendiduras de la heterogeneidad.

2017/10/10

MITOS DE IDA Y VUELTA.

Pepa Pardo. Escritora y Licenciada en Historia del arte.






Bien mirado, ningún caribeño que desee ser caribeño tiene un nombre verdaderamente suyo, de la misma manera que su piel no pertenece a una raza fija.

Antonio Benítez Rojo.

Al nacer, su madre le puso un nombre único, exclusivo; pensó quizás que estaba destinado a viajes largos y azarosos. Confeccionó un nombre híbrido para su hijo más pequeño. Algo de Ulises y otro tanto de Europa.

Hay en el Caribe una vocación transcultural que recuerda a la Grecia primigenia, antes de que Platón y Aristóteles dividieran el pensamiento en dos vertientes antagónicas y diferenciadas. Pero el espectro de los códigos del Caribe tiene más de abigarramiento y densidad, y su vocación consiste en la unidad de lo diverso. Por eso cuando observo su última propuesta artística, evoco la epopeya de Ulises y el drama de Penélope.

Hay un cuadro de Euliser sobre la pared del comedor de su casa, una especie de mapa barrido por el viento. Parece, visto desde una zona del lienzo manchada de ocres terrosos, que uno mira hacia América del Sur desde América del Norte, y que una cadena de turbulencias abstractas une los continentes. Euliser, ha interpretado las Antillas como un puente de islas que conectan el norte y el sur, y configuran una máquina de espuma o el laberinto espiral de la vía láctea.

En palabras de Benítez Rojo: Una máquina de espuma, que conecta las crónicas de la búsqueda de el Dorado, con el relato del hallazgo del Dorado; o también si se quiere, el discurso del mito con el discurso de la historia, o bien, el discurso de la resistencia con el discurso del poder...

Calcinadas las tierras de promisión, queda en la obra de Euliser Polanco, resistencia y pelea obstinada por su identidad, y también, rastros y restos de viajes y mitos. Mitos que viajan en dirección contraria, y arrastran el punto de vista del artista. Cubano nacido en Manatí (animal marino, que los españoles de la conquista creyeron sirenas) su obra es, un naufragio solventado con la paciencia técnica de Penélope. Palos de madera dura, unos llamados machos y otros llamados hembras, como las primitivas claves usadas en la construcción de barcos, y láminas de tela blanca que hacen la función de espejos. Imágenes especulares y dobles como cáscaras de un mismo fruto.
Hay un Euliser que teje y viaja por mares procelosos. Hay un Euliser que espera; y hay café, porque Cuba, como todas las islas del Caribe, fue primero cultura de mar, turbulencias, remolinos, racimos de burbujas, algas deshilachadas, galeones hundidos, ruidos de rompientes, peces voladores, graznidos de gaviota, aguaceros, fosforescencias nocturnas, mareas y resacas, inciertos viajes de la significación... y fue sacarocracia, máquina de producir azúcar y café que marcó a todos sus habitantes.

Caribeña yo, entiendo los diferentes espejos del artista y escribo para él, para saber lo que soy, y le dedico estrofas de un poema del cubano José Triana:

Iba yo, aire que aire, en una barca
que arrastraba un gran cisne por los aires
hacia una isla imposible. Eso soñaba (...)
Era lo dije ya un débil diseño
esforzándose en el abismo a duras penas,
y es un grito que nadie escucha,
y en cada hombre hay un cielo inquebrantable,
y yo iba en vuelo o tal vez recobrado
o nadando, nadando un proceloso
sueño, que no lo es, sino un poco a medias,
en una barca que arrastraba un cisne,
un gran cisne, por los aires del agua.

2006/06/27











 








EN EL AIRE
Desde la Isla Flotante.
Francisco Crabiffosse Cuesta. (Historiador y crítico de arte)

Entre las realidades de estos días, no han fallado las imágenes posibles, a fuerza de inimaginables en otros derroteros de ese apesadumbrado fantasma de nadas conjeturales, que en el extremo opuesto de la poética sentida por Lezama va apurando la copa de la infamia, hasta emborracharse con el licor de la locura.
En lógica criolla, atenta a la explotación de los mitos y de la palabra incandescente, prolongada hasta la extenuación en el discurso barroco, todo sueño es esclavitud y conquista. Encadenados a la construcción de una historia que cada vez más se aleja de su tiempo, los cubanos perciben el sueño mesiánico como una pesadilla, que de un modo u otro no sólo abre las aguas, sino que los arroja a ellas, con la única tabla de salvación de su suerte. La espera en la flotación, el no sumergirse, el no ahogarse, convierte la silueta geográfica de la isla, en un gran barco a la deriva con múltiples vías de agua, y miles de brazos en las labores de achique. De ahí los iconos de la frágil lancha y los subterfugios sustentadores, hasta los remos que se agitan en el aire y en la tierra, buscando materia de la que extraer energía para la movilidad, para el avance.
La simplicidad cilíndrica de un utensilio de cocina, se convierte de pronto, en el último truco del mago que endulza la acidez de lo cotidiano, y adereza el hambre de ilusiones. La calle en blanco de protesta, desfile de gladiolos, líneas de azúcar que rompen las banderas, y las consignas contra la fértil gusanera de la que hacen cárcel sin límites. Lo patriótico es siempre independencia, y se hurga en lo emotivo, en los símbolos, en la didáctica de la mentira, para el consejo sobre la afectividad afectiva del café, o la llamada al olvido que maquilla en el azúcar, afán de la sacarocracia, chimenea de ingenio que se alza sobre la planicie siempre fértil y hoy estéril.

 















La realidad del arte cubano es una interrogación desesperada. La vigilia en el retorno no es tanto una herencia política, como una prolongación cultural de la siempre inconclusa independencia, que desde siglos atrás levantó desde el extrañamiento, desde el azar del exilio, las querencias del criollismo y el sueño de lo nacional, como esencia de una identidad en plena efervescencia.

Euliser Polanco se inscribe por derecho vital y creativo en esa corriente, en la que la presencia no se materializa en ese orden de la isla que flota en cada uno de los cubanos, sino que cobra su verdadera razón de ser, su auténtica identidad, desde el sentimiento del paraíso perdido, desde la reconstrucción íntima de esa patria que siempre se ha debatido entre la búsqueda de su auténtica personalidad, a través de los caminos más insospechados y el deseo de romper las huidas forzadas con los retornos justos.
En un exquisito y clarividente texto dedicado a Polanco, otra isleña extrañada como Pepa García Pardo, confirma la tarea del héroe caribeño como una lucha tenaz contra el desarraigo y la condición de extranjero, en esa construcción-destrucción-reconstrucción de la identidad, que se hace mapa en el tapiz de esa Penélope que espera a Ulises.




 

















En la obra de Polanco se hace expreso ese cordón umbilical, ese vínculo con la madre tierra rodeada de agua, en esa elaboración de los símbolos, desde premisas sensoriales plenamente vitales. La materia ayuda en la espera del reencuentro, elaborando un paisaje total en que impregna la piel y la mirada de una uniformidad que ilumina banderas y cuerpos, la miel y la desnudez, la madera en su estructura, y el hilo que teje los nudos de los invisibles. Frente a esa conceptualización colectiva del ser cubano, en una distancia flotante que definía su obra anterior, Euliser Polanco sucumbe ahora ante el acoso del fariseísmo de esa madre patria minúscula, en la que busca la sencilla comprensión que todo exiliado anhela, en el autorretrato, en la autobiografía, como una profundización en esa misma identidad que se transforma en debate cotidiano, desde el paisaje doméstico.
















Paradojas de la condición. Reconocimiento oficial de ciudadano por un estado que obliga a la expatriación, a la diáspora en tierra de nadie. Un reconocimiento cubano que si Juan Pablo Ballester ideologizó, mostrando su propio pasaporte como documento identificativo inexcusable para el viaje, para la segura salida y el hipotético retorno, tiene ahora en Polanco una expresa individualización, en número y en hipócrita petición trilingüe de amparo por parte de la República de Cuba.

La identidad enfrentada sobre la superficie del tapiz tensado, un territorio de tela metáfora de la ambigüedad de lo propio, en el que se enfrenta el rostro y el gesto de la potencia del sentimiento. La mancha, el pecado, es esa disidencia del héroe que carga con la culpa extraña, la maldición del profeta en ese café que tinta los deseos y los gritos. El artista se muestra ciego, sediento, sordo, asombrado, o gritando su condición, enmarcado en líneas de madera y cuerda; y también aquí, comunicación, el medio es el proceso y el mensaje. Euliser Polanco levanta este tapiz como un espejo en el que el héroe ausente va reflejando paulatinas emociones, que son retablo de la condición de ese exilio en el que se carga de una realidad, que día a día el café no logra amortiguar, sino que lo traslada a los aromas del deseo, allí donde es posible preguntarse, si la representación aún necesita de mediadores para ser comprendida en su justa verdad.









2006/06/26






DESNUDO INTERIOR
Julia Barroso Villar. Catedrática de Historia del Arte.
Universidad de Oviedo.

Euliser Polanco no es aún conocido en Asturias en los círculos artísticos, a pesar de que trae detrás de si una trayectoria más que interesante a partir de la actividad profesional en su Cuba natal. Residente entre nosotros desde hace pocos años, creador plástico y, en la actualidad, profesor de artes plásticas, une la fotografía como actividad de fondo a su creación de instalaciones y objetos originales. Graduado en Bellas Artes en la Escuela Nacional de Artes de La Habana, la obra y el pensamiento que manifiesta tienen una madurez considerable, si analizamos a partir de su propuesta visual, de su percepción de los vínculos entre materiales y temas, del colorido y de la expresión, que ganan la atención de quién observa sus resultados sin prejuicios. Siendo consciente de la abrumadora oferta de posibilidades artísticas visuales que hoy nos ofrecen, hecho que dificulta la conexión y el resalte de obras de verdad frente a obras de relleno, la obra expuesta tiene una capacidad de adentrarse en el fondo del espectador si la mira sin perjuicios sobre lo que debe ser el arte, al margen de la idea preconcebida de la obra bella como resultado.
Nadie puede dogmatizar sobre la verdad o falsedad de los resultados de una obra, pero si el sentido matizado por la experiencia sirve de algo, he captado algo no muy usual: los objetos artísticos de Euliser, denotan experiencia vivida.














Sus propuestas, aunque pasadas por el intelecto, parecen ser fruto de una sensación intensa global y emocional de la vida misma, percibida en las dos dimensiones, como con ojo de pez. Lo digo porque hay un discurso coherente, que podemos entender enmarcado por el análisis lineal, teórico, del mundo que transmite más tarde en las obras. Pero también otro más intuitivo, sobre las estructuras de la vida misma, las relaciones entre los seres, la cultura, la identidad y lo global, lo peculiar y lo común. Éstas van, desde la sensación de exilio relativo, desde la añoranza de los orígenes, del marco que lo vio crecer, hasta la ubicación actual en esta Asturias, a la que interroga sobre su ser y sus cualidades, y de la que recibe por el momento, sólo unas pocas de sus claves de aceptación.

Hay algunas bases sobre las que se asienta la obra: en los procedimientos, parte de postular la aceptación de materiales no convencionales, afectando a la obra misma y los soportes, como es evidente, que son parte intrínseca del resultado final. El autor se implica en los materiales que provee la naturaleza, como los troncos y ramas de madera, producto del desecho del otoño, vistos como materia reciclable para dar cuerpo a las obras de su creación artística. Siente atracción inmediata por lo primario y natural, como referentes al tiempo en que reorganiza la propia vida, y confiere al discurso una primigenia tonalidad ocre, un color de barro que nos entronca con la tierra, con lo más primitivo del ser humano. Al mismo tiempo, reestructura las experiencias vitales y visuales mediante obras en las que vemos restos, testimonios de un mundo en desaparición pero también en metamorfosis, en la tensión entre estadios de la existencia del pasado y su parte de sustrato de la realidad actual. 

La obra que expone en este momento gana dimensión, como no puede ser menos, si se refiere al contexto del resto de la misma: fotografías de modelos, e interesantes objetos, como el miriñaque hecho a base de ramaje cubierto de barro, con restos casi harapientos de las ropas, el corsé recortado en ruinas, que hacen evocar el desmoronamiento del sueño de Cenicienta al final de la noche mágica.











La exposición ·”Des nudo”, comienza con una pieza en la que se lee el título en grandes letras, en un panel liso de letras en el tono marrón rojizo del barro, que caracteriza el cromatismo del conjunto, sobre cartón endurecido. Está integrada por piezas como un huevo primigenio, una caja de música tradicional reutilizada, una estructura calada como una celosía, una jaula, y diversas reliquias del pasado. Además de la jaula, prevista para servir además de referente más que de prisión, a algún pájaro real, se complementa con un cuadro de arpillera; la estructura en torre; la mesilla de noche sin tapa, el mueble desestructurado que ahora alberga una inmensa manga de colar de formato tradicional, como las de café antiguas tan usuales en Cuba un tiempo atrás; algunas piezas formadas por trozos rotos de espejo, compuestos en mosaico disperso, devuelven la mirada rota de ese universo leído en claves de lo perdido, como la era de la caja de música, los relicarios de fotografías antiguas que evocan la familia, o la caja de puros, fragmentos de un universo cubano antiguo y radicado en la infancia del autor, e incluso en tradiciones bastante anteriores. La bandera de su país hecha jirones, un motivo tan recurrente en el arte cubano actual, está sin embargo plasmado con originalidad, apenas perceptible, camuflada con un traje de despojos igual que lo mucho anterior, en los tonos ocre de la tierra, y el rojizo de la sangre que uniforman su sentido del desnudo, de lo despojado de artificios y regresado a su pura naturaleza, a sus cimientos dolorosos como humanos, terrenales y simples, pero también poéticos. 
Finalmente, me llama la atención la transformación del proceso de este artista, que ha pintado retratos sugerentes en una línea muy diferente a la que presenta en la exposición, y que inicia después de explorar esta fase, otra en que las tonalidades se vuelven blancas, más claras, pues el autor pasa página a sus momentos evolutivos hasta cerrar cada uno de ellos.En resumen, una obra más que sugerente en la que la instalación del conjunto de motivos, debe leerse como un enigma cuya solución reside, por un lado, en la base material de sus orígenes personales y ambientales, y por otra parte, la más significativa en cuanto obra si se pudiera aislar de lo anterior, en su desarrollo formal y conceptual, unidos en un ámbito de objetos-testigo que sugieren la creación del artista, y la necesidad de su recreación por quien, como espectador, quiera llegar más allá de laaparente simplicidad material.Una muestra esperanzada de que la obra de arte, con no ser poco, sirve para algo más que para que su creador se recree en sus emociones a través de la forma, lo mismo que quien lo contempla en las vibraciones que le sugiere: también testimonio de una existencia más global, y propuesta de comprensión de la madeja de la vida y de la historia.

Mi felicitación a Euliser Polanco por esta capacidad de síntesis creativa.