2017/10/10

MITOS DE IDA Y VUELTA.

Pepa Pardo. Escritora y Licenciada en Historia del arte.






Bien mirado, ningún caribeño que desee ser caribeño tiene un nombre verdaderamente suyo, de la misma manera que su piel no pertenece a una raza fija.

Antonio Benítez Rojo.

Al nacer, su madre le puso un nombre único, exclusivo; pensó quizás que estaba destinado a viajes largos y azarosos. Confeccionó un nombre híbrido para su hijo más pequeño. Algo de Ulises y otro tanto de Europa.

Hay en el Caribe una vocación transcultural que recuerda a la Grecia primigenia, antes de que Platón y Aristóteles dividieran el pensamiento en dos vertientes antagónicas y diferenciadas. Pero el espectro de los códigos del Caribe tiene más de abigarramiento y densidad, y su vocación consiste en la unidad de lo diverso. Por eso cuando observo su última propuesta artística, evoco la epopeya de Ulises y el drama de Penélope.

Hay un cuadro de Euliser sobre la pared del comedor de su casa, una especie de mapa barrido por el viento. Parece, visto desde una zona del lienzo manchada de ocres terrosos, que uno mira hacia América del Sur desde América del Norte, y que una cadena de turbulencias abstractas une los continentes. Euliser, ha interpretado las Antillas como un puente de islas que conectan el norte y el sur, y configuran una máquina de espuma o el laberinto espiral de la vía láctea.

En palabras de Benítez Rojo: Una máquina de espuma, que conecta las crónicas de la búsqueda de el Dorado, con el relato del hallazgo del Dorado; o también si se quiere, el discurso del mito con el discurso de la historia, o bien, el discurso de la resistencia con el discurso del poder...

Calcinadas las tierras de promisión, queda en la obra de Euliser Polanco, resistencia y pelea obstinada por su identidad, y también, rastros y restos de viajes y mitos. Mitos que viajan en dirección contraria, y arrastran el punto de vista del artista. Cubano nacido en Manatí (animal marino, que los españoles de la conquista creyeron sirenas) su obra es, un naufragio solventado con la paciencia técnica de Penélope. Palos de madera dura, unos llamados machos y otros llamados hembras, como las primitivas claves usadas en la construcción de barcos, y láminas de tela blanca que hacen la función de espejos. Imágenes especulares y dobles como cáscaras de un mismo fruto.
Hay un Euliser que teje y viaja por mares procelosos. Hay un Euliser que espera; y hay café, porque Cuba, como todas las islas del Caribe, fue primero cultura de mar, turbulencias, remolinos, racimos de burbujas, algas deshilachadas, galeones hundidos, ruidos de rompientes, peces voladores, graznidos de gaviota, aguaceros, fosforescencias nocturnas, mareas y resacas, inciertos viajes de la significación... y fue sacarocracia, máquina de producir azúcar y café que marcó a todos sus habitantes.

Caribeña yo, entiendo los diferentes espejos del artista y escribo para él, para saber lo que soy, y le dedico estrofas de un poema del cubano José Triana:

Iba yo, aire que aire, en una barca
que arrastraba un gran cisne por los aires
hacia una isla imposible. Eso soñaba (...)
Era lo dije ya un débil diseño
esforzándose en el abismo a duras penas,
y es un grito que nadie escucha,
y en cada hombre hay un cielo inquebrantable,
y yo iba en vuelo o tal vez recobrado
o nadando, nadando un proceloso
sueño, que no lo es, sino un poco a medias,
en una barca que arrastraba un cisne,
un gran cisne, por los aires del agua.

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