Antonio
Benítez Rojo.
Al nacer, su madre le puso un
nombre único, exclusivo; pensó quizás que estaba destinado a viajes largos y azarosos. Confeccionó
un nombre híbrido para su hijo más pequeño. Algo de Ulises y otro tanto de
Europa.
Hay en el Caribe una vocación
transcultural que recuerda a la Grecia primigenia, antes de que Platón y Aristóteles
dividieran el pensamiento en dos vertientes antagónicas y diferenciadas. Pero
el espectro de los códigos del Caribe tiene más de abigarramiento y densidad, y
su vocación consiste en la unidad de lo diverso. Por eso cuando observo su
última propuesta artística, evoco la epopeya de Ulises y el drama de Penélope.
Hay un cuadro de Euliser sobre
la pared del comedor de su casa, una especie de mapa barrido por el viento.
Parece, visto desde una zona del lienzo manchada de ocres terrosos, que uno
mira hacia América del Sur desde América del Norte, y que una cadena de
turbulencias abstractas une los continentes. Euliser, ha interpretado las
Antillas como un puente de islas que conectan el norte y el sur, y configuran una
máquina de espuma o el laberinto espiral de la vía láctea.
En palabras de Benítez Rojo:
Una máquina de espuma, que conecta las crónicas de la búsqueda de el Dorado,
con el relato del hallazgo del Dorado; o también si se quiere, el discurso del
mito con el discurso de la historia, o bien, el discurso de la resistencia con
el discurso del poder...
Calcinadas las tierras de
promisión, queda en la obra de Euliser Polanco, resistencia y pelea obstinada por
su identidad, y también, rastros y restos de viajes y mitos. Mitos que viajan
en dirección contraria, y arrastran el punto de vista del artista. Cubano
nacido en Manatí (animal marino, que los españoles de la conquista creyeron
sirenas) su obra es, un naufragio solventado con la paciencia técnica de
Penélope. Palos de madera dura, unos llamados machos y otros llamados hembras,
como las primitivas claves usadas en la construcción de barcos, y láminas de
tela blanca que hacen la función de espejos. Imágenes especulares y dobles
como cáscaras de un mismo fruto.
Hay un Euliser que teje y viaja
por mares procelosos. Hay un Euliser que espera; y hay café, porque Cuba, como
todas las islas del Caribe, fue primero cultura de mar, turbulencias,
remolinos, racimos de burbujas, algas deshilachadas, galeones hundidos, ruidos
de rompientes, peces voladores, graznidos de gaviota, aguaceros,
fosforescencias nocturnas, mareas y resacas, inciertos viajes de la
significación... y fue sacarocracia, máquina de producir azúcar y café que
marcó a todos sus habitantes.
Caribeña yo, entiendo los diferentes
espejos del artista y escribo para él, para saber lo que soy, y le dedico estrofas
de un poema del cubano José Triana:
Iba yo, aire que aire, en una
barca
que arrastraba un gran cisne
por los aires
hacia una isla imposible. Eso
soñaba (...)
Era lo dije ya un débil diseño
esforzándose en el abismo a
duras penas,
y es un grito que nadie
escucha,
y en cada hombre hay un cielo
inquebrantable,
y yo iba en vuelo o tal vez
recobrado
o nadando, nadando un proceloso
sueño, que no lo es, sino un
poco a medias,
en una barca que arrastraba un
cisne,
un gran cisne, por los aires del agua.


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